La gloria de Sucre-Mauro Gonzalo Escalante Ramírez
¿Sabía usted que los tatarabuelos, los bisabuelos, los abuelos, el padre y un hermano del general en Jefe de los ejércitos de Venezuela, Colombia y Ecuador, presidente de Bolivia y Gran Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre, fueron militares? Pero ahí no acaba todo. Su hermano, Pedro, fue fusilado en el año 1813 por los realistas en el asedio a La Victoria, y Vicente y Magdalena perecen en Cumaná a manos del sanguinario José Tomás Boves. En total, catorce de los parientes más cercanos mueren trágicamente, en defensa de la libertad americana y por la patria que los vio nacer. ¡Eran tiempos de gloria y de sacrificios! Los españoles pagaban un peso por cada oreja de un patriota muerto en combate. Mientras tanto, siendo un adolescente, Antonio José acompañaba a su maestro José María Vargas, en sus constantes travesías por el Golfo de Cariaco. El sabio Vargas era amigo de su padre don Vicente y de su hermana Magdalena, y aprovechaba estas ocasiones para impartirle magistrales lecciones a su joven discípulo: "en las carabelas de Colón vinieron dos clases de hombres: los dominadores, para asegurar la hegemonía del imperio español y continuar con un orden inhumano y oprobioso, y los inconformes, buscando un mundo libre para poder vivir en paz, en un ambiente de respeto humano y lealtad a la especie. Esta tierra la descubrieron los que no podían vivir en aquella, y nos convirtieron en esclavos, y la esclavitud es la ignorancia e ignorancia es coloniaje".
El general Sucre fue llamado el redentor de los hijos del sol; el militar más completo y cabal de los próceres de la Independencia; un modelo de lealtad, un paradigma del cumplimiento del deber y un estadista con nobles propósitos: "un pueblo no puede ser realmente libre si la sociedad que lo compone no conoce sus derechos y deberes y no se dedica a proteger la educación pública".
Fue magnánimo con vencidos y adversarios, a tal extremo de hacer embarcar para España, sanos y salvos, a dieciséis oficiales generales, vencidos y capturados en la batalla de Pichincha, Ecuador (24-5-1822), la cual le abrió el camino al Perú, en donde alcanzó en la batalla de Ayacucho (9-12-1824) una decisiva victoria para las armas republicanas, haciendo desaparecer el último reducto de un imperio, destructor de la cultura, de la vida y de las riquezas naturales americanas.
En su último viaje por la Selva de Berruecos acampó en un lugar llamado "Las Ventas" y allí lo previnieron que por esos desfiladeros se encontraban los asesinos a sueldo, Erazo, Murillo y los peones Juan Cuzco y los dos Rodríguez. El Abel de América siguió su marcha, porque ya intuía que tarde o temprano sus gratuitos enemigos, envenenados por banderías políticas, le irían a disparar el mortal balazo que acabaría para siempre con su modestia y con la grandeza de su vida y de sus obras.
¡No se equivocó! A las ocho de la mañana del 4-6-1830, resonó la vil detonación y su eco traicionero aún resuena en el tiempo y en la historia. A lo mejor, el hombre que rompió las cadenas con las cuales Pizarro había atado a los Incas iba en ese momento pensando en el realismo existencial de Goethe: "Yo, un luchador he sido y eso demuestra que he sido un hombre".
El general Sucre fue llamado el redentor de los hijos del sol; el militar más completo y cabal de los próceres de la Independencia; un modelo de lealtad, un paradigma del cumplimiento del deber y un estadista con nobles propósitos: "un pueblo no puede ser realmente libre si la sociedad que lo compone no conoce sus derechos y deberes y no se dedica a proteger la educación pública".
Fue magnánimo con vencidos y adversarios, a tal extremo de hacer embarcar para España, sanos y salvos, a dieciséis oficiales generales, vencidos y capturados en la batalla de Pichincha, Ecuador (24-5-1822), la cual le abrió el camino al Perú, en donde alcanzó en la batalla de Ayacucho (9-12-1824) una decisiva victoria para las armas republicanas, haciendo desaparecer el último reducto de un imperio, destructor de la cultura, de la vida y de las riquezas naturales americanas.
En su último viaje por la Selva de Berruecos acampó en un lugar llamado "Las Ventas" y allí lo previnieron que por esos desfiladeros se encontraban los asesinos a sueldo, Erazo, Murillo y los peones Juan Cuzco y los dos Rodríguez. El Abel de América siguió su marcha, porque ya intuía que tarde o temprano sus gratuitos enemigos, envenenados por banderías políticas, le irían a disparar el mortal balazo que acabaría para siempre con su modestia y con la grandeza de su vida y de sus obras.
¡No se equivocó! A las ocho de la mañana del 4-6-1830, resonó la vil detonación y su eco traicionero aún resuena en el tiempo y en la historia. A lo mejor, el hombre que rompió las cadenas con las cuales Pizarro había atado a los Incas iba en ese momento pensando en el realismo existencial de Goethe: "Yo, un luchador he sido y eso demuestra que he sido un hombre".

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