Wednesday, July 07, 2004

El ombligo interior

El centro magnético de una pirámide, es decir, su ombligo geométrico, absorbe la energía del universo y la proyecta a los seres sensibles. Quien tenga los ojos bien abiertos, y no haya comido o bebido cochinadas la noche anterior, puede llegar a sentirla y hasta verla.


La globalización del turismo místico impone figuras piramidales donde no debiera primar el reconocimiento de rectángulos y poliedros, sino la humilde contemplación de lo que uno encuentre, que es el método verparacreer.


La última moda de la percepción novoandina, alimentada por cusqueños como los hermanos Fernando y Edgar Elorrieta en su libro "Cusco y el Valle Sagrado de los Incas", es fusionar las formas y los vestigios incas con figuras piramidales que pintan a una suerte de cultura que se la habría pasado purificándose y apuntando a las nubes.


Me niego a aceptarlo. Si así fuera, se nos escaparía de los ojos y de los dedos toda una dimensión terrosa, productiva, aguada y cochina como la que se ve, espléndida, en las salineras de Maras. Los insto, en lugar de alucinar pirámides invertidas entre las laderas y las sombras, a bajar la cerviz para contemplar desde la explanada de Maras las 4.600 pozas de agua con sal curtiéndose en una colosal andenería.


Prefiero con mis amigos hacer esa excursión injustamente relegada por los operadores de turismo e invocar juntando índices y pulgares una figura de doble pirámide invertida u otro con la que nos defendemos de la solemnidad.


Además, el cielo se ha estado portando muy mal con nosotros. Se tupió como el de Lima, nevó como en una Navidad gringa y nos dejó varados en el aeropuerto. Llevo dos días evitándolo.


Pero hay otros Cuscos que se pueden ver sin compromiso. Ninguno es puro, ninguno es deleznable. El de los turistas de aventura, gracias al común denominador ecológico, es aliado del místico y se emparenta con el turismo juerguero a su vez aliado de todas las secuelas del hippismo, incluyendo algunas bien maleadas.


Su arteria sagrada aún es Procuradores, bañada por los orines que descendieron del Inti Raymi el 24. Pizza, hierba, piedras y una aplicación en carne viva del lema de verparacreer: me hice un tatuaje.


Extracto del diálogo con Richard, uno de los cuatro socios de Mystical Tatoo: "¿Es de Lima?". "Sí". "¿De qué barrio?". "De San Isidro". "Ah no, yo soy pobre, de La Victoria, pero igual que usted me harté de todo eso y me vine aquí". "Pero yo tengo que volver mañana". Auuu, la aguja sigue las curvas del diseño que le hice dibujar. "¿Por qué unas serpientes?". "Porque me gustan".


Y a unas cuadras me topé con el último Cusco, el más fashion. Empieza en San Blas y baja hasta concentrarse en la Plaza de las Nazarenas. Pronto se hará común este diálogo: "Fuiste al MAP" (1). "Sí, la comida es mostra".


De veras lo es. El restaurante es más prolijo que el mantenimiento de la museografía. Y al lado, ya no ya, el restaurant Fallen Angel que hizo la comidilla del año: una fiesta donde los invitados portaban alitas. Los bricheros solo podían entrar si se convertían en ángeles. Los turistas de lujo pueden olvidarse de que están en el tercer mundo y acordarse encantados de que están en el Cusco.


Escoja el Cusco que quiera ver y crea en él. Crea en el de los mochileros tacaños y en el de los visitantes dispendiosos del hotel Monasterio, en el de los arqueólogos y antropólogos que inventan teorías sobre las ruinas (piedras sobre piedras), en el de los viajeros de promoción que salen de su hábitat en busca de discotecas lo más parecidas posibles a las que frecuentan y crea hasta en el Cusco de los jóvenes israelíes que vienen tras su servicio militar a recuperar el tiempo perdido. Son una lata y a pesar de eso han creado toda una infraestructura receptiva que les dice 'shalom'.


No se quede varado en una sola superstición turística. Las pirámides no tienen 'puputi' (ombligo), sino los humanos, y al de uno y al Cusco, de vez en cuando, hay que mirarlo desprejuiciada y juguetonamente.


(1) Museo de arte precolombino.



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